Pasa que la falta de tiempo y las prisas no nos invitan a hablar. El ritmo frenético de este sistema que nos coloniza no nos quiere juntas sino disgregadas. Que no haya tiempo para el encuentro, que no haya tiempo para la conspiración y el sujeto colectivo que pueda anhelar otra realidad mejor.

Un humilde intento de romper con esto, de promover el encuentro entre iguales en su diversidad, es lo que buscó la mesa debate sobre comercio local y consumo responsable, promovida por la iniciativa de Amor de Barrio, en el marco de la Feria del Mercado Social de Sevilla, en alianza (buen punto de partida éste) con el mercado mensual de la Coag.

Y como la vida tiene sus lógicas propias, todo lo que pudo salir mal así salió: comienzo más que tardío, (como por otro lado se espera para un sábado mañana prenavideño), asistencia más escasa de lo deseable y a cuenta gotas, enfermedad del personal técnico del centro cívico y falta de apoyo por tanto en estas cuestiones, material radiofónico que no responde en el momento de grabar la sesión para retransmitir por EMA RTVE

Pero, con estos mimbres tan poco halagueños, ocurrió la magia. Porque poca receta hace falta para que de la suma de 1+1, de 2+2 o de 10+10, que era casi las que allí estábamos, se generen conexiones y sinergias que amplifiquen de manera exponencial los parcos resultados que el pensamiento único en que estamos domesticados nos pueda hacer pensar en una lectura rápida de la situación, como estamos acostumbradas.

Y fue así (bueno, así no fue, tuvo otro orden, pero rompamos con la linealidad del relato para construir otro nuevo), como Esperanza Alcaide, como buena librera del Gusanito Lector, nos relató su vínculo con el barrio y nos habló de cuando el caserío en que vivía se inundó por una riada y todo el mundo fue mandado a barrios periféricos. Pero ese “todo el mundo” fue volviendo. Ella lo hizo en el 84, y encontró un barrio degradado, totalmente diferente al que había dejado años atrás. La Droga había llegado para quedarse. Pero el Plan Urban, que tenía también mucho de especulativo, logró al menos recuperar en parte el barrio hasta hace unos pocos años, una situación que nos daba esperanza. Porque hablamos de un barrio de mezcla, de encuentro, culturalmente muy rico, con movimiento e iniciativas que no se encontraban en otro lugar. Pero ahora, la gentrificación, llena de codicia, ha ido empobreciendo el barrio, acabando con el negocio de cercanía, plagando todo de franquicias, unificando y acabando con la diversidad de siglos, y subiendo los precios de manera tal que la gente está volviendo a ser expulsada.

Expulsión como la que vive el campo, ese campo que nos nutre y que se desnutre cada día. Como denuncia Coag Sevilla, organización agraria que defiende el modelo de producción de pequeños y mediamos productores, se está produciendo también una uberización del sector del campo y una mercantilización del oficio. Cada vez se produce más lejano y hay menos gente trabajando en el campo, lo que abre las puertas a la concentración parcelaria y la explotación. Un terreno donde funcionan las mismas lógicas que en otras dinámicas globales: canales cada vez más largos (aunque se presuma en falso de contacto directo) y cada vez hay menos libertad y más condiciones de injusticia para las pequeñas producciones, frenadas por la creciente burocratización que dificulta la incorporación a la agricultura y la viabilidad de las pequeñas y medianas producciones.

Frente a esto, iniciativas como el mercado agroecológico de la Alameda que promueven desde la Coag, que lleva 10 años funcionando el segundo sábado de cada mes, pretenden acercar producción y consumo, buscando reforzar los lazos entre lo urbano y lo rural, potenciando la venta directa, visibilizando la gente que produce, mitigando los impactos en la salud de lo que comemos proveniente de grandes explotaciones. O como La Rendija, tienda de barrio con criterios diferentes: local, ecológico, de cercanía, comercio justo y artesano, que trabaja con pequeñas producciones, manteniendo una relación directa con éstos, visibilizando su labor y posibilitando la relación con las personas consumidoras. Esta relación directa entre producción y consumo la entienden como un valor añadido de su producto: información clara sobre la procedencia de los productos y la posibilidad incluso de visitar el centro de producción para conocerlo directamente.

¿Y si directamente montamos La ciudad de los niños, de Tonucci? Si se piensa en los niñas y niños de la ciudad, se hará una ciudad más humana y sostenible para todo el mundo. Esto se intentó poner en práctica, trayendo a Tonucci incluso para dar una formación al personal técnico de urbanismo, pero la voluntad duró poco y todo se volvió salvaje, en el mal sentido del término.

Pero ¿qué hay de mi libro? Del comercio, que es lo que aquí hemos venido a hablar, podría alguien pensar. Pero todo está relacionado: no hay libros ni comercio sin gente, no hay gente sin espacios para ellas….

¿Cómo resistimos pues a esto? ¿Cómo coexistimos dentro de esto? ¿Cómo planteamos una existencia más allá de esto? Con pequeñas acciones de gran impacto en lo cualitativo, que de manera subterfugia y casi silenciosa van minando imaginarios y prácticas para sembrar otras nuevas. Acciones como hacer corredores verde a las entradas y salidas de los colegios, como reconceptualizar el Halloween para hacer pasacalles por los comercios y que comerciantes y niñas se conozcan y hacer así el barrio y las calles lugares más seguros.

De seguridad y defensa sabe de sobra Facua Sevilla, organización, cuya financiación viene en un 80% de las cuotas de las personas socias, que da a conocer los derechos de las personas consumidoras y que lleva a cabo denuncias en su defensa. Arduo trabajo hacer que las personas consumidoras estén informadas y evitar llegar al momento de la reclamación. Así que llega el momento, y este departamento de reclamación está copado principalmente por denuncias a las grandes superficies, ya que los casos de quejas frente a pequeños comercios son prácticamente nulos, pues los conflictos con estos comercios se solucionan de otra forma, más directa y personal. Se ponen sobre la mesa, nuevamente, la subsidiariedad de nuestros comercios y nuestra vida al poder económico, ¿cómo romper con ellas y mantener otras relaciones más directas? Reactivar los comercios de barrio como mandato y, nuevamente, el papel clave de la infancia para ello.

El comercio ha de adaptarse al vecindario y no al revés, y esto supone poner en valor la compra en el barrio, quizás en parte copiando las estrategias del enemigo, esto es del capital y las grandes corporaciones y tratando de burlar así la subcontratación del comercio. Y nuevamente reunirnos, reunir a gente interdisciplinar con conocimiento del sector; desde lo ubanístico al marketing, ¡es el momento!

Los diagnósticos y propuestas se repiten en su respaldo y se complementan en la suma. Y todo tiene cabida cuando de lo que se trata es de enfrentarnos al gran monstruo del capital. Son muchos los flancos desde los que hay que embestir: trabajar con la administración, emprender formas de producción justas y sostenibles, apoyar desde el fomento del consumo local y responsable… Y la unión! Conocernos y reconocernos, poner en común, generar espacios de encuentros que den pie a confluencias. Porque es el momento, las fallas de este sistema se sostienen cada día menos, y cada día somos más las que lo vemos y apostamos por otros modelos. En ello estamos, en ello seguimos…