Cierra la Hacienda, bar mítico de nuestro barrio donde más de una hemos tomado más de un desayuno y almuerzo. Sitio mítico donde los haya, patio de recuerdos, cierra sus puertas para siempre para convertirse en pisos de lujo….

Hoy ha sido el último desayuno. La vida se consume. La vida no se gana o se pierde. Se vive. Pasa. Se siente o se abandona. Recuerdo cuando un amigo quiso hacer una comida con cien personas en la Hacienda y uno de los viejos le dijo: “anda, déjate de líos, y aquí como mucho ven con cuatro o cinco amigos”.

Recuerdo cuando teníamos visitas y nos reíamos diciendo: ¿A dónde les llevamos?, ¿Quieres conocer “Sevilla Antes de la Expo”? Ese bar, esa casa de comidas, a ese flan con  “todo” al no le faltaba de nada. Ese lugar que supuraba olor a churro. A veces le llamábamos Los Viejos, en vez de La Hacienda, porque lo llevaban tres hermanos y cada día eran más viejos.

Eva aprendió a andar y allí caminaba entre las bombonas de butano perdidas por el inmenso patio hasta terminar negra de arriba a abajo. Había un pasillo con posters de Sídney, que habían arrancado de un calendario y puesto con celo en la pared, fiso para quien guste. Al lado había un cristo, una virgen y una bandera de Andalucía. Los azulejos estaban sucios, los platos limpios y la comida casera, barata y rica. Los chistes de los viejos me encantaban, tenían un humor andaluz muy castizo y seco. Animales raros de la especie. Te atendían personas poco interesadas en el dinero, de las que sólo quieren vivir tranquilos, de los que se saben el nombre de tu hija, y también de las que se les olvida.

A veces quiero describir la vida para que no se me olvide. Que la vida es cambio, lo sé. Los Viejos se jubilan, venden y se van con sus familias a casa. Este verano imagino que estarán en Matalascañas o Chicalana, no lo sé. Este verano llegará una bola gigante que derrumbe ese edificio en ruinas y construirá bonitos pisos que se alquilarán a turistas, porque yo no tengo dinero para alquilar ahí que San Julián se está poniendo por las nubes. Hay que aceptar los cambios, lo sé. Pero a mi hoy solo me corre la pena de ver que la vida pasa y se consume y que tomé allí los últimos churros. Cerrar puertas para abrir otras. Creo que la vida es esto. Sentir los días como hoy y escribirlos. Hasta siempre mis viejos.