Uno de los objetivos de los mercados sociales es la de asemejar los intereses de productores y consumidores pues, como sostienen, no podemos pedir condiciones diferenciadas según estemos a un lado u otro del mostrador. A partir de esta premisa, invitamos a reflexionar sobre el reverso de la producción global, sus lógicas e impactos, para poner en valor las prácticas locales y visibilizar los beneficios directos sobre las vidas de las personas y el medio en que se insertan.

Porque si queremos condiciones laborales dignas tenemos también que pagar un precio justo por los bienes y productos que consumimos. Los precios de la mayoría de bienes que consumimos y cuya actividad ha sido externalizada a países empobrecidos, sólo es posible precisamente porque ha sido producida en estos países cuyas condiciones laborales y medioambientales de producción serían fuente de protesta en nuestro país y lugares de trabajo.

Porque si queremos poder encontrar trabajo y no tener que emigrar debemos apoyar
los emprendimientos y empresas de nuestro territorio, porque de otro modo estaremos apoyando el desmantelamiento del tejido productivo en el que queremos insertarnos (el clásico no morder de la mano que te da de comer, lo que aquí traducido sería no olvidar la red que te da de comer) y dando pie a las enormes bolsas de desempleo a las que venimos estando acostumbradas en las últimas décadas, como si de un mal endémico se tratase.

Porque si queremos productos y bienes de calidad hemos de invertir en ellos. E invertir no sólo supone pagar de manera justa teniendo en cuenta todo el proceso (desde la producción al consumo, pasando por la distribución e incluso la segunda vida que muchos de éstos puedan tener), sino apostar por las estructuras que lo posibilitan. Y éstas difícilmente se encuentran recogidas en las prácticas empresariales especulativas, que en su búsqueda continua de un mayor beneficio no tienen reparo en reducir calidad de productos y procesos. Ejemplos de éstos se encuentran por doquier, basta con mirar las etiquetas de la mayoría de productos procesados cuyos componentes están más cercanos de cualquier fábrica que de la tierra de donde deberían venir.

Porque… suma y sigue. Es por eso que en Amor de Barrio queremos amar nuestros negocios, artesanas y profesionales, y ser parte activa de una economía que no esté al servicio de las multinacionales, que externalizan y sacan toda la plusvalía posible a nuestros territorios, sino de las gentes y los proyectos que en éstos habitan.